“El reverso de la historia” y la crisis de las humanidades

Cuando hablamos de “crisis de las humanidades”, ¿a qué nos referimos? Este concepto sugerido por Martha Nussbaum ha tenido un enorme eco, y no es por casualidad, desde la publicación de su obra Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las humanidades. Se trata de un hecho global, y la prueba de ello son libros como Adiós a las humanidades de Jordi Llovet o El reverso de la historia de Jordi Ibáñez, un ambicioso libro que refleja bien la realidad que vive actualmente el sector de las letras.

A partir del momento en que el saber ya no tiene su fin en sí mismo, como realización de la idea o como emancipación de los hombres, su transmisión escapa a la responsabilidad exclusiva de los ilustrados y de los estudiantes.

Jean-François Lyotard

La Universidad, ¿hacia la excelencia?

Lejos de ser un organismo independiente y representante del pensamiento crítico, la Universidad está estancada en la gran red del sistema. La competitividad empresarial se ha adueñado de su sentido y de sus métodos. Como un aparato que no busca la “virtud” personal como meta sino la “excelencia”, la Universidad se ha convertido en una institución desarrollada para formar a sus alumnos desde una perspectiva productivista, comercial.

Algo que afecta en mayor medida a las Humanidades: cuando antes, desde el Renacimiento, servían como un proceso propio del hombre para enfrentarse a las complejidades y cambios de la vida, ahora la visión técnica que considera la cultura como un valor añadido, pero no vital, las está poco a poco borrando de los planes de estudios. Cada vez se las ve más como algo superfluo. En consecuencia, las carreras o la llamada “calidad de la enseñanza” se rigen por un sistema de acreditaciones que se basa en lo pautado y en los escritos de los estudiantes no se valora el “talento”, porque eso es una muestra de personalidad, lo que se valora es la “efectividad” y los números.

Caricatura satírica de "El Roto" [Foto vía el blog "Los ojos del logos"].

Según Jordi Ibáñez, hemos de rechazar la idea de las humanidades como inversión, una profesión que aporte una renta capital. Sin embargo, a ojos de muchos la realidad no es esa. Los conceptos han cambiado. La madurez emocional no es considerada como una forma de sabiduría, simplemente es la adaptación al medio: todo se centra en “ser una mejor persona” sin aprender que hay cosas más importantes que están fuera. Se podría decir lo mismo de la cultura.

Mucha gente ve “las letras” como un medio productivo menor y poco útil. Así, nos enfrentamos a una sociedad formada por una cultura general, una cultura poco sólida, poco profunda, y a un gran conjunto de prejuicios creados por la ignorancia y la falta de reflexión. Por ejemplo, y en palabras del autor, aún nos sorprende que en la época del nacionalsocialismo, a pesar de las grandes atrocidades que se hicieron, se siguiera escuchando con placer a Mozart, como si se supusiera que la música nos hace mejores personas, como si los incultos fueran solamente los únicos capaces de la barbarie (2016: 49).

“El problema del filisteo educado no era que leyese los clásicos, sino que lo hiciera espoleado por la meta del auto perfeccionamiento, sin tomar consciencia de que Shakespeare o Platón podían tener cosas para decirle más importantes que cómo educarse”.

Hannah Arendt

¿Qué papel cumplen profesores y alumnos?

Los funcionarios al frente de estas instituciones no están curados de estos prejuicios. La mala reputación de “las letras” es patente y la percepción del humanista como “el último hombre” o como alguien que siempre se queja de la situación desde su pedestal de sabiduría es muy común en estos años. La naturaleza del humanismo ha quedado degrada, burocratizada y “mediocratizada”. Una prueba de ello es que hace poco el rectorado de la Universidad Complutense de Madrid ha preparado un plan de reorganización de sus centros que podría provocar el cierre de la Facultad de Filosofía.

Pero muchos actores del gremio tampoco hacen nada para evitarlo, se resignan a ello desde su posición nihilista, llena de erudición e inteligencia sofisticada, pero centrada en sí mismos. Tampoco lo hacen los estudiantes, quienes continúan quejándose de las desigualdades pero que han dejado de actuar como un gran “coro” y, sin saberlo, siguen las pautas marcadas por el guión de la autoridad, los que subvencionan sus peticiones y los “toleran”.

Enseñar en el espíritu crítico

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La crisis de las Humanidades no es un problema que solamente alcanza el órgano universitario. Los estudios de bachillerato y la E.S.O son también otro caso. La OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos) realiza suinforme PISA a partir de tres competencias: matemáticas, comprensión lectora y ciencias. Los planes docentes se ciñen a estos exámenes: la presencia de “las letras” en los planes docentes de los jóvenes está desapareciendo.

Con esto no se quiere decir que los humanistas sean los únicos representantes del “pensar” o del espíritu crítico, la desconfianza hacia lo que se supone que es obvio se puede cultivar de otras maneras. No obstante, hay cuestiones que la sociedad evita o quiere evitar, cuestiones sobre la moral, sobre la ética, sobre la virtud, sobre las ambigüedades a las que (a veces) nos enfrentamos. Son esas cosas que fomentan la palabra “filosofar”, palabra que la gente teme o se ríe de ella: “es el miedo ante lo abierto e inabarcable que puede trastocar y revolucionar una vida” (2016: 68).

Finalmente, cuando hablamos de “crisis de las Humanidades”, ¿a qué nos referimos? ¿Qué son las Humanidades? ¿Estamos hablando de carreras como Historia, Historia del arte, Filosofía, Humanidades, Sociología o Antropología? ¿O estamos hablando de algo más, algo que escapa del mero dato científico y fácilmente contenido en una sola palabra?. En palabras del autor:

Las humanidades son también el servicio a una vieja cuestión: la del objeto de la caridad, del amor, del deseo, de las tensiones entre lo corporal y lo espiritual, entre el aquí de la presencia y el allí del sentido, lo tangible y lo intangible, lo que nos clava en el presente y lo que nos salva de él. Todo ello no se pierde tras el salto (mortal, o simplemente teatral) a la irracionalidad. (…) Es algo que está muy por encima de la simple adaptación a las necesidades de “servicios culturales” para el mundo laboral. Pero es algo que en algún momento puede ser objeto de esos “servicios culturales”. Es una forma de combatir con argumentos de autoridad. Pero también una forma de instaurar autoridad. Es una forma de rebelarse. Pero también una cierta escuela de mando o gobierno. Es una forma de ruptura de las diferencias. Pero también puede ser un modo de distinción.

Ibáñez, Jordi, 2016, El reverso de la historia, Calambur, Barcelona

Autor: Sergi Saranga

Fuente: unitedexplanations.org